Era una noche que casi era una mañana. La mezcla del alcohol
con el sueño te había dejado muy lejos de mí. Resbalábamos por las calles
mientras yo tiraba de ti, suplicando a las paredes que nos absorbiesen y nos
resguardaran del frío. No recuerdo cómo me desnudé tan rápido; tú te hundiste
en la cama. Me quedé muy cerca de ti, se me cerraban los ojos pero me a apoyaba
con el codo en la almohada para seguir incorporada. Tus brazos rodeaban mi
cadera como si fuera lo único que te atase a este mundo mientras una arruga en
tu frente delataba las ganas que tenía tu mente de desaparecer. Entonces fue la
primera vez que te hablé de él. Quise traerte de vuelta, o más bien, que te
quedaras conmigo. Describí hasta el más pequeño de sus detalles: cómo roza la
arena en la piel, como te acaricia con todo su calor, la forma en que la besa
el agua, todos los colores que hace en la orilla y a lo largo del día. Te conté
cómo era cada luz en cada hora, la temperatura del agua en cada parte del
cuerpo mientras caminas en azul. Te acariciaba el pelo como si con eso pudiese
hacerte sentir el viento que sopla y que sabe más que huele. Yo pintaba una y
otra vez el mismo cuadro; repetía la descripción, hasta la saciedad, hasta que
mi voz erosionase tu cuerpo igual que el océano erosiona las rocas y las
madrigueras. Y sin querer, mis ojos estaban derramando las lágrimas más saladas
que yo había sentido, como si hubieran comprendido lo que faltaba para
transportarnos a los dos, anhelando nadar en esa agua. Y tu boca también lo
entendió. Tu boca, ajena al cuerpo y a la piel, a las sábanas y a esta ciudad
sin mar, pronunció las palabras más puntiagudas, más flechas, más balas. Y tan
lejos como estabas, de repente, te metiste dentro de mí, hasta lo más profundo,
me desnudaste diciendo ¿qué te han hecho? Nómada, ¿qué te han hecho?
No hay comentarios:
Publicar un comentario