Es frecuente que nos pregunten por nuestra
comida favorita. O que elijamos un grupo preferido, una canción, un disco, un
género. Un color, un número, un país, una ciudad, un idioma. Una foto.
Yo no sé qué tengo en contra de los unos. Puede ser
que los miro y me parecen demasiado tristes, demasiado solos,
incompletos.
En mi pared hay treinta fotos. En la primera pared
en donde he puesto fotos fuera de mi casa. Hay treinta y mucha gente cuando las
ve, me dice, por qué pones tantas; y yo nunca les digo que en verdad tengo que
imprimir cien o doscientas más. Y cada año ese número aumenta.
No puedo elegir una canción ni una comida ni un
tipo de música, no se me da bien elegir. Pero sí puedo decir que no me gustaría
que me describieran con pocas palabras, que no quiero ver mi vida en pocas
fotos, que no quiero escuchar una canción más que ninguna otra.
Todo lo que elijo me define y yo elijo que hagan
falta millones de letras para saber como soy, moldeadas por cada boca, por cada
persona con quien rozo el aire, con quien hablo en cualquier lengua o con quien
no hablo. Y mientras más me acerque, nacerán más y más palabras de esas mentes
que se atan a mí. Y cada canción será preferida en un momento y un lugar.
Eso son las fotos de mi pared: canciones y palabras
que un día elegí y se condensaron para mí. Y cada vez que las miro, puedo
volver a cada uno de esos momentos y leer esas letras, lo que dicen de mí. Me
recuerdan quién soy, adónde fui y por qué. Y también por qué no fui, o por qué
no miré ni leí. A veces en las fotos no hay personas, otras hay demasiadas
personas, en otras, incluso, hay personas que no querrían estar ahí o que yo no
quisiera que estuvieran ahí. Pero son mis elecciones, todas. A veces se
repiten, salen las mismas personas o los mismos lugares.

No hay comentarios:
Publicar un comentario