A la gente le encantan las cosas que son para siempre: encontrar el trabajo, la casa, los amigos, el amor de tu vida y que se quede todo ese tiempo. Reconozco que pensarlo produce cierto placer, una punzada entre el estómago y las costillas, una sonrisa nerviosa. Muchas veces, antes de dormir, obligo a mi cerebro a pensar en cosas de este tipo, para así dormirme dulcemente.
Sin embargo, a la gente también le dan miedo las cosas que son para siempre, sobre todo mientras más vida les queda por delante, mientras están en su edad más inmortal. Y hay una tendencia catastróficamente terrible al pensamiento de no atadura, precisamente por esta idea siempre fluctuante entre amor y odio hacia lo permanente. Esta inclinación hacia vivir rápido, pasar deprisa, cambiar, cambiar, cambiar, forzar el cambio es tan autodestructiva como lo sería, irónicamente, cualquier enlace inmutable entre las personas. Porque cuando se fuerza el cambio, la transición, el aire o el mar, se mutila la libertad que hay dentro de ellos.
Como una hoz, esa gente que se empeña en no atarse, en no complicarse, en vivir sin preocupaciones, sin lágrimas, esa gente decapita todo lo bonito que hay en la improvisación, en el dejarse llevar. Cuando dos personas se encuentran, puede que después y también antes de que encuentren a otras personas, su unión es fruto de miles de casualidades, una infinidad sagrada de conjunciones, minutos, dudas, renuncias, búsquedas. Y es tan horrible cómo, desde el indefenso comienzo, algunas personas se empeñan en "dejar claro" que no es nada serio, que no quieren ir más allá, que no se van a enamorar. Como si no pudieras enamorarte todos los días y desenamorarte todas las semanas, como si cualquier sentimiento fuese eterno, como si cualquier acción pudiese prolongarse en el tiempo. Esas personas son las que más lento viven, lento en el sentido de flojo. Porque cuando dicen esas palabras están tan felices que se asustan y piensan en el mañana en vez de en el ahora. Porque no saben cómo enamorarse solo en una noche, solo con una piel, ni siquiera pueden concebirlo. Y cuando dicen solo esas inofensivas letras una cascada de lava ardiendo quema la magia, lo quema todo.
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